Kate Raworth en el año 2021 defendió, en su informe para Oxfam, un futuro justo y seguro para toda la humanidad, con un modelo, la Economía rosquilla, que respetase los límites planetarios al tiempo que garantizaba un umbral de bienestar mínimo para toda la humanidad.

En su formulación ideal los límites planetarios están más allá del umbral mínimo de bienestar. Pero, ¿es esto así? ¿Podemos proporcionar un bienestar mínimo para toda la humanidad o la civilización humana ha superado la capacidad de acogida del Planeta Tierra? ¿Si tememos margen, cuál es el espesor de la rosquilla?
Hope Jahren, en El afán sin límite, invita a abordar la reducción del consumo de energía en las sociedades más avanzadas planteando que, si distribuyésemos de forma equitativa la totalidad de la energía, renovable y no renovable, consumida en 2019 entre todos los habitantes del planeta, la cantidad de energía disponible per cápita sería equivalente a la consumida por un habitante de Suiza en 1965, lo que no estaría nada mal.

Si aplicamos el enfoque de la Economía rosquilla al límite planetario del cambio climático, deberíamos ser capaces de proporcionar un acceso universal a la energía basándonos, exclusivamente, en fuentes renovables.
Varios autores han estimado el potencial tecno-sostenible de extracción de energía de los flujos naturales del Planeta Tierra, considerando los límites termodinámicos, los sociales y materiales. Carlos de Castro, del Grupo de Dinámica de Sistemas de la Universidad de Valladolid, cifra este potencial renovable entre 93 y 200 Exajulios/año para finales del siglo XXI, lo que implica una reducción, en el escenario con un mayor desarrollo del potencial productivo (y mayores impactos ambientales), de entre un 74% y un 44% de la energía final neta utilizada actualmente por los humanos en el planeta. Este potencial se traduce en una disponibilidad per cápita de entre 2.673 kWh/año y 5.748 kWh/año, equivalente a una potencia disponible continua de entre 300w y 625w a finales de este siglo.
De forma análoga, si sólo dispusiésemos de energía de origen renovable, en 2100 cada habitante del planeta dispondría, en el mejor de los casos, de la energía utilizada por ciudadano actual de un país como Kenia, Pakistán o Filipinas, equivalente a 1/5 del actual consumo per cápita en España. En el caso más probable, nuestro consumo no podría ser mayor que 1/10 de esta cantidad de energía, como el de un habitante actual de Bangladesh o Eritrea.

Haciendo de nuevo el ejercicio de Hope Jahren, pero sólo con fuentes renovables, la energía disponible per cápita en España estaría entre la consumida en 1945, en plena autarquía, cuando más de la mitad de la población estaba ocupada en el sector primario, y la consumida en 1960, cuando se acababa de poner en marcha el primer Plan de Desarrollo del Franquismo, antes del gran salto industrializador en el país.
El consumo de energía final en España en el año 2024, según el Balance Energético para este año, fue de 971.647,54 Gwh, de los cuales tan sólo un 7,5% fue electricidad de origen renovable. Un 43,1% se dedicó al transporte, un 27,4% a la industria y el resto a otros usos. La práctica totalidad de la energía procedente de productos petrolíferos se emplea en movilidad motorizada.

Si el mayor consumidor de energía es el transporte y es el sector más dependiente de energías fósiles y, al mismo tiempo, el más difícil de electrificar, la adaptación de la demanda energética a la energía renovable disponible pasa por reducir radicalmente las actuales necesidades de movilidad, es decir, por re-localizar la energía y la vida, hasta colocar el consumo de los recursos entre la base social y el techo ecológico que podemos permitirnos.
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