
Hace unos 10 años, en San Sadurniño, un ayuntamiento rural de unos 2.500 habitantes, situado en la periferia de Ferrol, una compañera arquitecta dio una charla sobre desarrollo sostenible, presentando esta expresión como un oxímoron, compuesto por palabras de significado opuesto que, al juntarlas, adquieren un significado nuevo. Desde la condición contradictoria de desarrollo y sostenible defendió la imposibilidad obvia de desarrollo sin límite en un mundo finito.
En otra de las charlas me tocó aterrizar un poco esa reflexión. Lo hice presentando un cálculo de huella de carbono de un habitante medio del municipio, que vivía en una vivienda unifamiliar mal aislada, construida en parcelas agrícolas dispersas por el término municipal o en los márgenes de las carreteras y trabajaba en la industria local o en la ciudad, a unos 25 km, a donde se desplaza diariamente en coche, y semanalmente a hacer la compra, a una de sus grandes superficies comerciales.
Podría tratarse del perfil medio de cualquier habitante de un territorio periurbano gallego, pero en este caso buena parte de la audiencia estaba comprometida con la sostenibilidad de nuestra vida en el planeta, al menos en el plano individual y, en muchos casos, también colectivo: procuraban comprar productos de alimentación de producción ecológica (normalmente traídos de muy lejos, del otro extremo del país o de Centroeuropa), habían instalado paneles solares en los tejados de sus viviendas, tenían un pequeño huerto, separaban correctamente sus residuos y militaban en algún colectivo ecologista.
Hacían lo que podrían, teniendo en cuenta que, la oferta de transporte público era muy deficiente, el empleo local era y es, fundamentalmente, industrial y escaso, no existía una malla urbanizada, no tenían supermercados ni tiendas de alimentación cercanos y la oferta de producción de alimentos, ecológica y de proximidad, era casi nula.
Por otro lado, el pequeño ayuntamiento, que coorganizaba aquella jornada, no tenía competencias ni capacidad financiera para ofertar alternativas residenciales o de movilidad sostenibles a la altura de las necesidades de sus vecinos, y mucho menos de fomentar la producción de alimentos ecológicos de proximidad, empleo local o una oferta comercial competitiva.
No sentaron muy bien nuestros discursos: una cosa era defender la idea de la sostenibilidad y otra muy distinta enfrentarse a sus implicaciones, conclusión a la que llegamos conjuntamente, sin mucho esfuerzo.
El modo más común para no aceptarlas es, precisamente, abrazar la idea del crecimiento verde, una versión del desarrollo sostenible consistente en disociar desarrollo capitalista e impactos ambientales, que, desde la segunda década del S. XXI, se instalado como paradigma de lo que es e desarrollo sostenible.
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Al igual que Futuro hace 50 años defendía la posibilidad de innovaciones mágicas que evitasen el colapso de la civilización humana antes del 2100, periódicamente, grandes titulares hacen eco del progresivo desacoplamiento entre desarrollo económico e impactos.
. El pasado mes de diciembre, la Energy and Climate Inteigence Unit publicó el informe 10 Years Post-Paris: How emissions decoupling has progressed, que celebra que cada vez una mayor proporción de las emisiones de CO2 se produzcan en países que las están disociando de su PIB, concretamente, un 89% después de 2015 frente a un 77% antes de 2015. El informe muestra que, 1) en la última década, casi 6 de cada 10 toneladas de CO2 se han emitido en países que están disociando el PIB de las emisiones. 2) 3,6 toneladas se han emitido en países en los que las emisiones disminuyen mientras su economía crece y 3) esta situación ha mejorado con respecto a la década anterior al acuerdo de París, en 2015. EL informe celebra que muchos países están disociando emisiones y PIB, y cada vez representan una parte más importante de la economía mundial. El autor del informe afirmaba, en una entrevista, Me siento realmente alentado. Mirando atrás, vemos cuánto hemos avanzado en los últimos 10 años. El mundo se encuentra ahora en una fase de preparación antes del declive estructural. Nos acercamos a un punto histórico en el que las emisiones empiezan a disminuir. Es sumamente emocionante.(11/12/2025 Economic growth no longer linked to carbon emissions in most of the world, study finds). Unos meses antes podíamos leer que la disociación de emisiones y PIB ya alcanzaba la mayor parte de los países de la UE (09/09/2025, World emissions hit record high, but the EU leads trend reversal).
Lo cierto es que el crecimiento verde (seguir aumentando el tamaño de la economía mientras los impactos ambientales y el consumo de recursos se reducen), se ha generalizado como paradigma del desarrollo capitalista desde que entramos en la segunda década del S. XX. Ya en el año 2014, el quinto Informe de Evaluación del IPCC detectó la disociación entre emisiones de CO2 y PIB, en muchos casos relativa (crecimiento de la economía a mayor ritmo que el crecimiento de emisiones) y, en algunos países ricos, gracias a una mayor eficiencia energética y un mayor desarrollo de las energías renovabes, absoluta (crecimiento de la economía mientras se reducen las emisiones). En 2015, la Agencia Internacional de la Energía (EIA) titulaba confirmada la disociación entre emisiones globales y crecimiento económico. Ese mismo año, el Acuerdo de París y, posteriormente, el European Green Deal (2020) consagraron este principio, al apostar por un desarrollo basado de la economía circular, la eficiencia energética y las energías renovables.
Esta posibilidad de disociación entre crecimiento económico e impactos se aplica también a resto de los impactos ambientales que el desarrollo capitalista tiene en nuestro planeta. More From Less: The surprising story of how we learned to prosper using fewer resources – and what happens next, publicado en 2017, tuvo una gran difusión y fue ampliamente referido en foros de negocios y sostenibilidad. Defiende que estamos disociando el crecimiento del PIB y consumo de recursos, que cada son necesarios menos minerales, agua o energía… para seguir creciendo económicamente, y que esto es posible por el progreso tecnológico, la mejora de eficiencia, la competencia capitalista, una mayor concienciación de la gente sobre la necesidad de la sostenibilidad del desarrollo y la democracia. Afirma que Aunque habrá más personas en el futuro, y serán más ricas, y consumirán más, lo harán mientras usan menos recursos naturales. Por primera vez en la historia, y para siempre, los humanos vivirán vidas más prósperas mientras pisan la Tierra con más cuidado.
Parece lógico que una mayor penetración de las energías renovables y una mayor eficiencia en el uso de los recursos (más tecnología, más reciclaje…) puedan lograr que sigamos creciendo al tiempo que disminuimos el consumo de recursos y el resto de nuestros impactos ambientales. Parece lógico pero, ¿es suficiente para alcanzar la neutralidad climática en 2050, objetivo el Acuerdo de París?
Como 10 Years Post-Paris… admite en su primera línea, las emisiones continúan aumentando. Con este balance coincide este otro artículo publicado en Nature, el pasado año. Si la intensidad de carbono en la economía (las toneladas de CO2 necesarias para para cada unidad de PIB) s redujo sustancialmente desde el Acuerdo de París, las emisiones en general aumentaron, debido al rápido aumento del PIB mundial, lo que anuló con creces el progreso realizado.
Según los datos proporcionados por Our World in Data procedentes de Global Carbon Budget, (la misma fuente utilizada por el informe) las emisiones de CO2 (las únicas que el informe tiene en cuenta) han aumentado un 26,17 % desde 2006 a 2024, pasando de 30,59 a 38,6 miles de millones de toneladas anuales. Si le añadimos las correspondientes a otros GEI, como son el NO2 o el CH4, que aumentaron un 18% y un 15%, respectivamente, en ese periodo, y le sumamos las emisiones de CO2 debidas a los cambios del uso del suelo, hemos pasado de 52,25 miles de millones de toneladas equivalentes de CO2 en 2006 a 59,02 en 2024. No sólo siguen creciendo, sino que su ritmo de crecimiento se ha acelerado. Si no tomamos en cuenta el dato de 2020, año de la pandemia del Covid19, las emisiones de CO2 antes del acuerdo de París (2006-2014) crecieron a un ritmo medio anual de 1,66%, mientras que después del acuerdo de París (2015-2024) crecieron una media de un 1,77% anual. Ya que cada año estamos más lejos de la neutralidad climática en 2050, pactada hace una década, cambiemos este objetivo por otro más alcanzable (y confortable): ¡Reduzcamos las emisiones directas de CO2 sin por ello tener que dejar de crecer!.
More from less… defiende su tesis con algunos ejemplos de eficiencia en el uso de recursos:
Un teléfono inteligente moderno reemplaza una cámara, un GPS, un teléfonos fijo, un contestador automático, una grabadora y un despertador.
La agricultura de precisión permite a los agricultores recoger cosechas mayores, que usan menos agua y fertilizantes.
Los automóviles se vuelven más ligeros, lo que los hace más baratos de producir y más eficientes en el consumo de combustible.
Sin embargo, estas afirmaciones no tienen mucha base: todos os aparatos a los que el iPhone sustituye tienen una mayor durabilidad que éste, y son fácilmente reparables, desmontables y sus elementos, en muchos casos, reutilizables. Todo esto anula las ganancias de eficiencia logradas por el diseño y fabricación del iPhone. Además, la realidad demuestra, casi siempre, lo contrario a lo que los ejemplos defienden: si el modelo de coche es más ligero y su producción más eficiente, produciremos más vehículos a menor precio, pero no usaremos menos acero que antes de la mejora… si un cultivo es más eficiente en el uso de agua, produciremos más, pero no consumiremos menos agua. Si el iPhone es más barato y consume menos recursos en su producción que los aparatos que substituye, lo diseñaremos para que sea muy difícil de reparar, programaremos su obsolescencia e invertiremos en publicidad, para vender más teléfonos y no tener que cerrar nuestra empresa. Son todos ellos ejemplos de aplicación de la Paradoja de Jevons: mayor eficiencia conduce a mayor producción y mayor uso de recursos.
En Is Green Growth Possible? Jason Hickel y Giorgos Kallis contradicen la supuesta desmaterialización inducida por el desarrollo tecnológico y la terciarización de la economía capitalista: si durante el S. XX existía una tendencia a disociar el PIB del peso total de materias primas, a partir del año 2000, la aceleración del desarrollo tecnológico produjo un cambio de tendencia y una re-materialización de la economía y re-acoplamiento entre PIB y consumo de recursos (que hoy ya crece, a nivel global, más aceleradamente que el PIB). Por otro lado, el traslado de actividad económica y empleo desde los sectores primario y secundario al sector de servicios, aumentó la eficiencia de los procesos de producción y consumo e intensificó el uso de materias primas. Si bien, en las últimas décadas, se produjo una mejora de eficiencia energética notable (desde 1990 la cantidad de energía necesaria para producir una unidad de PIB se ha reducido un 37%), en el mismo periodo, el consumo energético per cápita ha aumentado un 14,07%, según Datos Banco Mundial. En general, según estos autores, el desarrollo económico ha estado siempre más o menos alineado con el consumo de recursos, y a periodos de disociación relativa les han seguido periodos de re-acopamiento o re-materialización.
Si los avances tecnológicos y la eficiencia, asociados a la competencia capitalista, no han logrado reducir nuestro uso de recursos ni las emisiones de gases de efecto invernadero. Pero ¿es posible lograrlo?
Para Is Green Growth posible?, las predicciones de los organismos más interesados en defender este modelo (Banco Mundial, OCDE, UNEP…), sin una sólida base empírica, concluyen, en el mejor de los casos, una disociación relativa del uso de recursos, es decir, un crecimiento del PIB a mayor velocidad que el consumo de recursos y, en ningún caso, una disminución de su explotación.
¿Pueden mejorarse estos resultados con una mayor circularidad o una menor obsolescencia de los productos? Un 44% del consumo global de materiales se corresponde con el uso de la energía y la alimentación y otro 27% tiene que ver con el aumento del stock de infraestructuras y edificios. La energía no admite disminución de la obsolescencia ni circularidad. El desperdicio alimentario supone actualmente casi un 20% de los alimentos que llegan a las cadenas de distribución y puede reducirse. El stock de edificios e infraestructuras no da mucho margen para e ajuste en una economía en crecimiento…. En todo caso, el margen de mejorar no es muy amplio. Al final, los límites físicos a la eficiencia se imponen: en la fotosíntesis, en los motores, en la extracción de materiales, en la tasa de retorno energético en la extracción de petróleo o los procesos de reciclaje… y el margen de mejora de la eficiencia de los procesos se agota. El artículo concluye que, a corto plazo, en los países más desarrollados, es posible esta disociación entre crecimiento y consumo de recursos, pero no globalmente ni para siempre. Sólo creciendo más lentamente, por debajo del ritmo histórico de desarrollo capitalista podríamos desacoplar economía y el uso de recursos. Pero claro, el capitalismo sólo produce bienestar con cierto ritmo de crecimiento..

Figure (a) Global material footprint, 1970-2013; (b) Change in global material footprint compared to change in global GDP (constant 2010 USD), 1990-2013. Source: Materialflows.net/World Bank. Jason HIckel.Is Green Growth Possible?
Si esto es así, si no es posible seguir creciendo y evitar un cambio climático catastrófico o un colapso en el suministro de materias, cabe concluir que el fin de la civilización humana sólo se puede evitar reduciendo drásticamente la población mundial, evitando, con controles anti-capitalistas, que las mejoras de eficiencia se traduzcan en más emisiones y más consumo de materiales, reduciendo el tamaño de la economía global, o una combinación de todas estas medidas.
Lamentablemente, como concluyen los autores de Is Green Growth Possible?, lo políticamente aceptable es ecológicamente desastroso. Lo ecológicamente aceptable es políticamente imposible.
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La foto que encabeza esta entrada está tomada en el borde norte de la ensenada de A Malata, en la Ría de Ferrol, donde existe una antigua rampa de atraque de unos 4 metros de ancho, probablemente vinculada al astillero que allí existió desde, al menos, principios del S. XVIII, cuyo dique de carenar aún se conserva.
A principios del S. XX el muelle fue peraltado y alargado para permitir el atraque de barcos de mayor calado y eslora. El hecho de que la nueva infraestructura se apoyase en la existente, sin destruirla, es un ejemplo de economía y adaptación. El gesto de quebrarse hacia la entrada de la ría, responde seguramente a una necesidad de facilitar la maniobra de atraque de los barcos de pasajeros que venían de la ciudad, principal modo de transporte urbano en la ría hasta bien entrada la segunda mitad del S. XX.
El contraste entre la rampa inicial, empeñada en hundirse en el agua, y la segunda, más estrecha, que cambia de rumbo para poder adaptarse a las nuevas necesidades, llegando mucho más lejos… sugiere la diferencia entre los dos caminos que la humanidad tiene ante sí: continuar sin cambios, para hundirnos, o cambiar de rumbo, para mantenernos a flote.
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